Definitivamente, el internet nos ha transformado.
Nos ha conectado.
Nos ha acelerado.
Y también nos ha expuesto.

Ha despertado emociones que no sabíamos que existían…
o que al menos, no sabíamos que teníamos tan cerca de la superficie.

Dicen que estamos en la era del despertar colectivo.
Que millones están despertando gracias a las redes.
Pero… ¿despertando a qué?

Si miras sin filtros, sin hashtags, sin edición…
lo que más se ve no es conciencia.
No es paz.
No es sabiduría.

Lo que más se ve es:
Comparación.
Envidia.
Deseo descontrolado.
Frustración.
Urgencia de tenerlo todo ya.

Las redes no abrieron un tercer ojo.
Abrieron la Caja de Pandora digital.

Y de ahí salieron emociones que no sabías que estaban dormidas en ti:
el hambre de tener lo que no es tuyo.
la necesidad de validarte con un corazón rojo.
el deseo de ser como alguien más.

Y a eso…
le estás llamando despertar.

Pero lo que en realidad está pasando…
es que estás viendo tanto, que ya no sabes qué quieres.
Estás tan estimulado, que te confundiste de camino.
Y creíste que “inspiración” es querer tener lo que ves.

¿Inspirarte es querer lo mismo que otro tiene?
¿O es reconocer lo que tú eres?

¿Estás despertando… o te estás comparando más rápido?

La mayoría no ha despertado la conciencia.
Ha despertado el deseo.
La urgencia.
La ansiedad de no tener suficiente.

Eso que te activa —la morra encuerada, el vato con el carro de lujo, el influencer con la vida perfecta—
no es que esté mal.

Pero…
¿es tuyo?
¿es real?
¿lo quieres desde el alma… o desde el vacío?

Y si no es tuyo…
¿por qué lo deseas?

Quizá no estás despertando.
Quizá solo estás expuesto.

Y confundiste evolución con estimulación.

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